Podemos, el 15M y la osadía

Este texto fue escrito el pasado febrero, un mes después de la fundación de Podemos y antes de las elecciones europeas. Diríamos que hace no mucho tiempo, pero sí el suficiente como para que bastantes cosas hayan cambiado. Todo el mundo sabe que la irrupción de Podemos en las elecciones los ha puesto en primera línea de la política española, y que en los sondeos ya se perfilan como la tercera fuerza parlamentaria. No obstante estas circunstancias, las encrucijadas fundamentales de la formación siguen siendo las mismas, especialmente la pugna en su interior por conquistar al mismo tiempo el poder político (gobierno) y el poder popular (círculos).
Desde una perspectiva externa a Podemos, un compañero analizaba asî estas cuestiones, poniéndolas en relación con la política (o una de las políticas) que se defendió y practicó en el 15M:

Podemos, el 15M y la osadía

Jordi Carmona Hurtado (6-2-2014)

La diosa fortuna

Sobre las incertidumbres de la acción política, Maquiavelo escribió una vez que entre la timidez y la osadía convenía más escoger esta última, pues Fortuna es mujer, y se inclina del lado de aquellos que la desafían. Sin duda es difícil encontrar una concepción de la política más alejada del estilo de toda esa constelación de procesos que reconocemos bajo las siglas del 15M (incluyendo mareas, PAH, o momentos de empoderamiento popular como el de Gamonal, etc.). Pero, al menos para mi sorpresa, he aquí que ha surgido recientemente una iniciativa que, por una parte, parece haber aprendido a la perfección la lección del 15M, y por otra, se presenta abiertamente con todos los rasgos del maquiavelismo, y que se sitúa así en muchos aspectos en las antípodas del 15M. Nos referimos, evidentemente, a Podemos.

Son conocidos los coqueteos que, no sin venir acompañados de cierta desconfianza y en ocasiones de hostilidad, la izquierda y la extrema izquierda ha ido intentando una y otra vez con el 15M. Y no es extraño que, ya a un nivel meramente organizativo, algunas de las manifestaciones extremadamente masivas hicieran la boca agua a aquellos que querrían ser vanguardia de la clase trabajadora. El coqueteo no ha sido recíproco; sí lo ha sido la desconfianza. Podemos, que surge de una fracción de la extrema izquierda bastante más elástica que otras, se ha propuesto aparentemente revertir la situación. Y en cierto aspectos, hay que reconocer que la operación es convincente. Especialmente en el nivel estratégico, hay no poca ambición en abandonar la meta sempiterna de la unidad de la izquierda, y decir claramente que lo que se quiere es la victoria (electoral). También en un nivel discursivo hay mucha osadía: a la oposición de la izquierda y de la derecha, o incluso del comunismo y del capitalismo, Podemos substituye la de las fuerzas de democratización y las antidemocráticas. Es en este último punto, con la tentativa de resignificar y radicalizar la palabra “democracia”, en el que Podemos asimila, muy abiertamente (al menos en la retórica), lo que se reveló con el 15M: que la condición de un movimiento real de contestación del orden existente consiste en el abandono del referente “izquierda”.

Este abandono que el 15M explora produce sin duda cierto vértigo político. Podemos aquí también ofrece cierto paliativo: pues en el fondo, todo el mundo sabe que se trata de gente formada, seria, con “buen corazón” y “alma de oro”…. Honestos intelectuales de izquierda, en suma. Pero la diferencia es que ahora, estos maestros del pueblo pretenden ahora haber aprendido del pueblo mismo. Y en el fondo (al menos en la teoría o en la fórmula y a falta de ver cómo se van produciendo las reacciones en la realidad), ahora, por primera vez, podría volverse posible lo que fue el sueño que acariciaban algunos. Que ese 70 u 80% de la población que decía ser favorable al 15M en los primeros días según ciertos sondeos, por no hablar del todavía más optimista 99% que se propuso desde Occupy, se uniera en torno al mismo partido político. O si no tantos, al menos una mayoría social suficiente para vencer.

¿Cederá el 15M por fin ante los avances de este nuevo y gallardo seductor? ¿Será Podemos el nuevo príncipe nuevo que conquistará a la princesa del movimiento ciudadano y popular? Seguramente, eso dependerá en buena parte de hasta qué punto el discurso igualitario, democrático, y de confianza en el pueblo no sufra demasiado por la lógica desigualitaria que parece inherente a las estrategias partidistas y a las acciones en las que se ejecutan. Lo que, por cierto, es la misma aporía frente a la que, en América Latina, no dejan de chocar las políticas llamadas “populistas”, con esos líderes omnipresentes y demás.

En todo caso, al menos, y una vez más, para mí, no es Podemos, en cierto modo, lo más interesante de Podemos, sino lo que Podemos hace ver de lo que no es él, es decir, del 15M. El 15M, es decir, por ejemplo, la política que no pretende ir a buscar al pueblo o a las masas, sino que sabe que no hay más pueblo que los ciudadanos que discuten sobre los asuntos de la vida en común y que se proponen actuar juntos para transformarla. El 15M como la vida política aquellas que tratan de organizarse entre ellas, en tanto que personas igualmente dignas de la misma consideración que cualquier otra. El 15M, es decir, la igualdad.

Rancière, en los últimos años, ha hablado mucho sobre las dificultades de que la igualdad se abra camino en un mundo como el que vivimos que es el mundo de la desigualdad, con sus reyes, capitalistas, parlamentos, partidos, y división entre gobernantes y gobernados. Podemos tiene la virtud de tensar la contradicción, al decir claro y fuerte una serie de cosas. Pues experimentamos cada día con toda la precariedad galopante que no basta con cambiar la vida, ni con las victorias de
sensibilidad; que para cambiar el mundo, también hay que cambiar el poder. Seguramente Podemos, y a falta de ver si le sonríe Fortuna, sea un instrumento a priori poderoso para tomarlo, el más potente en todo caso que ha surgido en los últimos años. Queda por ver si del lado del 15M, del lado de la igualdad, hay voluntad para afrontar la cuestión del poder, no para tomarlo, sino para repensarlo, percibirlo, entenderlo y organizarlo de otro modo; pues tampoco cabe caer en la facilidad de decir que basta con destruirlo. No está claro, en mi opinión, que ni las iniciativas de tipo democracia participativa (¿qué pasó con la ILP de la PAH? ¿por qué no va a seguir ocurriendo en una democracia más participativa? ¿qué quiere decir participar, cuando sigue habiendo sólo un pequeño grupo de élite con capacidad de decidir verdaderamente, cuando sigue habiendo partidos que organizan al pueblo dividiéndolo, etc.?), ni los procesos constituyentes (¿qué pasó en Islandia, por qué volvió a ganar la derecha?) aseguren gran cosa al respecto. En este punto sí puede haber una lección de Podemos que podría aprovechar el 15M, precisamente la de la osadía, aunque se trataría seguramente una osadía de un tipo distinto, una osadía invertida. Osadía, por ejemplo, para plantearnos en serio si queremos realmente vencer, y sin que esto signifique una victoria electoral (para la que hace falta, en efecto, máquina partidista, etc.) Probablemente en cuanto a eso, sólo estemos al principio. Pero en mi opinión, en cualquier caso, una osadía invertida de ese tipo tendría como condición un decir no más claramente a lo que no queremos y un decir sí más claramente a lo que sí queremos. Por ejemplo, en cuanto al “sí”, reconocer que en efecto hubo y que hay un poder, otro tipo de circulación del poder que se experimentó en las plazas y asambleas, seguramente con defectos, pero con esa virtud fundamental de la igualdad, y tratar de imaginar cómo sería extendido al gobierno de todo un país. ¿Qué tal investigar más la legislación directa, es decir la organización de la iniciativa, la deliberación, la decisión, y en fin de la vida política, desde la base misma? Podemos está intentando la cuadratura del círculo, podríamos tratar de redondear el cuadrado, o algo semejante… Seguimos.

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